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domingo, 12 de abril de 2009

SENSACIONES: 100KM EN 24 HORAS

Martes, 17 de junio de 2008, son las dos de la madrugada y no puedo dormir, no es porque todavía me duelen las piernas, tampoco por las molestias de las dos grandes ampollas que tengo en ambos pies, ni siquiera por el picor en el cogote quemado por el sol, eso fue por no hacer caso a Lourdes, ni tampoco es por la falta de sueño.

El motivo de mi insomnio es la cascada de sensaciones, sentimientos, lindas sensaciones que se agolpan en mi mente de las veinticuatro horas más intensas de mi vida.

Sensaciones y sentimientos que me exigen dar las gracias a muchas personas y que no lo hice cuando debía, ojalá consiga que todas ellas puedan leer esto.Domingo 15, seis y media de la mañana. Una señora nos aplaude, único espectador en las gradas del campo de fútbol del polideportivo de Colmenar, a ella se unen las tres jóvenes que controlan la llegada. “Vicente, tengo los pelos de punta”, yo también me contesta. Suena el Aleluya mientras damos la vuelta de honor al campo, dos de las chicas sujetan la cinta de meta, Vicente y yo unimos nuestras manos y las levantamos, lo hemos conseguido, ya no hablamos, tengo los ojos humedecidos igual que ahora, me dan mi diploma, cien kilómetros en veinticuatro horas indicando el tiempo que ha sobrado.

Vicente, un gran tipo que es el cuarto año consecutivo que viene desde Elda, ha sido mi compañero de ayuda los últimos veinte kilómetros, esta feliz, ha mejorado en dos horas su marca personal, no nos hemos pasado el número de teléfono como habíamos quedado, no importa, es mi amigo y estoy seguro que volveremos a caminar juntos.

El último kilómetro es duro, estamos en la subida del cementerio, amanece y las farolas de la calle se van apagando a nuestro paso, “Vicente, escucha los gallos que nos dan la bienvenida”.

En el avituallamiento diecinueve, se dice pronto, diecinueve, es el único en el que no cojo nada de bebida, hablamos con el tipo que estaba allí, no nos entiende, es extranjero, pero no importa, gracias a él y a todos los que estaban en los anteriores siempre animándome.

Es curioso, yo que siempre presumía de equilibrio, en los cuatro últimos kilómetros hemos atravesado seis veces un riachuelo, siempre había piedras para poder cruzar y en tres ocasiones he ido al agua y me he mojado los pies. También intente trotar por última vez, pero ya no podía, me dolía todo. En este tramo, el susto a Vicente se lo dio una serpiente y a mí un enorme sapo que estaba en medio del camino.

Estamos llegando al polideportivo de Tres Cantos, que alegría, me paran mis tres anteriores compañeros de camino, más que eso, fueron mis lazarillos, el experto, era su décima caminata y los dos maratonianos de Sanse. “Que tal tus ampollas Santiago”, “muy bien, gracias a lo que me has dado no me han reventado y aguanto”. Nos aconsejan no parar mucho en el polideportivo, estirar y continuar.

Estoy loco, acabo de salir del polideportivo de Sanse, las ampollas casi no me dejan andar, voy muy despacio, una y diez de la madrugada y estoy haciendo lo que durante todo el día había dicho que no había que hacer, de noche, andar solo. Lo hago porque no quiero ser una carga para nadie, me animo solo pensando que nada más que quedan veintiséis kilómetros, ahora al menos veo, tengo las gafas y linternas, la verdad es que estoy muy bien, excepto las ampollas de los talones, me pasa una pareja que me anima, después otra, parece que voy calentando y recuperando mi ritmo de marcha, eso me anima y opto por trotar un poco, así casi no me duelen los pies, me uno a esa pareja y los sigo, sin hablar, hasta que se une a nosotros Vicente, lleva muy buen caminar y hablando con él dejamos atrás a los otros dos.

Por fin, la parada larga, una hora, tal y como lo había programado, estoy solo en la ducha del polideportivo, las ampollas que acabo de descubrir me asustan, jamás las había visto tan grandes, me dirijo a los miembros de la Cruz Roja, no les molesto, están atendiendo a un chaval que esta bastante mal, se le llevan en la ambulancia. Me como mi bocadillo, me relajo, llegan las masajistas y montan dos camillas, hay mucho silencio, poca gente, de hecho, por allí solo han pasado cien participantes de momento, la mayoría están acompañados por familiares y amigos, hecho de menos a los míos, sobre todo a Lourdes. Yo no necesito masaje, pero pronto hay cola para ello. Me coloco los parches que amablemente me dieron mis amigos maratonianos, saludo a uno de los últimos supervivientes de Pelayos que hizo con nosotros unos pocos kilómetros, esta mal y me comenta que no va a continuar. Localizo a Fernando y a Oscar, este último esta en la camilla, su espalda esta fastidiada, Fernando esta mejor, había quedado con ellos allí para hacer juntos el resto del camino, ellos se van a quedar allí un rato, le digo a Fernando que yo voy a continuar despacio y que seguramente me alcanzarían por el camino, no contaba yo con recuperarme tanto, espero que lo hayáis conseguido y que nos veamos este sábado en la carrera del barrio. Me cuesta mucho calzarme de nuevo las zapatillas, Oscar sigue en la camilla y la otra esta ocupada por el joven triatleta, le saludo y descubro que su sonrisa ha desaparecido y su rostro refleja dolor y sufrimiento, le pregunto si lo que queda lo va a hacer corriendo y poco le faltó para mandarme a la mierda, lo siento, no hice la pregunta con maldad, mis disculpas y gracias, gracias porque el ver a ese pedazo de atleta musculoso así, me motivo para salir del polideportivo convencido de que estoy muy bien preparado y que lo voy a conseguir.

Queridos lazarillos, me llevasteis desde Tres Cantos a Sanse, veintiún kilómetros, se hizo de noche y yo con mis gafas de sol, una mala previsión. Y no solo eso, vaya ritmo de andar y correr, además derrochando alegría y humor. ¡Que corto se hizo ese camino!, enhorabuena y felicidades por conseguirlo.

Adelantamos a mucha gente, recuerdo a tres señores, uno de ellos me llamó la atención por las piernas que tenía, los pasamos justo al llegar a un avituallamiento donde se pararon, le salude y pregunte la edad, sesenta y nueve cumplidos me contestó. Entraron en meta una hora después que yo, fantástico.

Kilómetro treinta y cinco, primera parada de media hora, ducha, bocadillo y a seguir, cuando estoy sellando el rutómetro a la salida del polideportivo coincido con mi primer compañero de viaje, con él, hice las tres primeras horas, me marcó un ritmo bueno pero suave y sobre todo, me frenó las ansias de trotar que tenía debido a la frescura del inicio de la marcha, tengo su teléfono y le llamaré, ojala lo haya conseguido, el año pasado se quedó en el setenta y cuatro.Salgo con dos jóvenes, empezamos a hablar y casualidad, son de Guadalajara, Oscar y Fernando, tenemos amigos y conocidos comunes, Gonzalo, Miguel Ángel el veterinario, casualidades del camino. Poco a poco, a medida que pasa la tarde, vamos aumentando el ritmo, trotando mucho y adelantando a mucha gente, con ellos llego a Tres Cantos, van a descansar un rato, yo no, quiero aprovechar lo poco que queda de día, por lo de las gafas, pero antes de llegar al polideportivo, en uno de los bares del pueblo me invitan a una cerveza, eso no estaba previsto pero……, nos hicimos una foto brindando.

Una hora antes del comienzo de la prueba recibo sensaciones contrapuestas, en medio del bullicio de los mil quinientos participantes que me comentan que somos, impaciencia, euforia, soledad, alegría, miedo, calor, el sol empieza a apretar, es pronto y decido refugiarme a la sombra, entro en la recepción de la piscina, desde allí se ve la salida y hay varios bancos donde sentarme, me descalzo y charlo con otros tres que estaban como yo, todos éramos novatos en esto de los cien kilómetros, me llama la atención un joven con una musculatura impresionante y sobre todo una amplia sonrisa que luce constantemente, nos cuenta que es triatleta y habla sin parar de su experiencia como tal, confía en conseguirlo aunque no esta acostumbrado a andar, su intención es hacerlo hasta el cincuenta y tres, allí cambiará las zapatillas por las de correr y pretende hacer el resto corriendo.

En la línea de salida cambian las sensaciones, hay bastante silencio, meditación, observo la gente y me motivo pensando que si ellos pueden hacerlo, yo también, los de Pelayo se hacen la foto de grupo, todos con su camisa azul, parece que estos se lo toman de otra manera, lo siento por el que se quedó en el setenta y cuatro, un joven educado que cuando se unió a mi me explico que eran ciento cuarenta, la inscripción, el viaje y hotel lo paga la empresa, y ellos, ponen veinte euros cada uno y apuestan por saber cuantos van a acabar, de ese dinero, la mitad lo destinaba la empresa a una ONG, la otra mitad, el ganador de la apuesta lo donaba también a otra ONG, bonita iniciativa.Sensaciones de felicitación a la organización, muchas personas han hecho posible que otros hagamos realidad un reto, difícil, bonito y del que podremos presumir con orgullo lo hallamos conseguido o no.

Sensaciones de critica hacia uno mismo, cuando estábamos en la meta Vicente y yo esperando que nos trajeran las bolsas de los otros polideportivos y llegó el autobús procedente del kilómetro setenta y cuatro con todos los que allí se habían quedado, pasaron delante de nosotros en fila de uno, con la cabeza baja, mal andando, rostro triste y cansado, no les dije nada, no me perdono no haberles felicitado uno a uno, habían hecho setenta y cuatro kilómetros.
Sensaciones de agradecimiento a Corricolari por haber adelantado este reto una semana, llevaba años queriendo hacerlo pero nunca había podido porque coincidía con las fiestas del barrio y nuestra milla. Este reto me motivo para entrenar con rigor y ello ha hecho que perdiera por fin esos siete quilos de más que tenía desde que me rompí el tobillo.

Sensaciones que han estimulado todos mis sentidos, un recorrido precioso que no necesito haber fotografiado, jamás había visto tantas flores juntas, percibido tantos olores, saboreado un bocadillo de tortilla de atún tan deseado y que me llevó tan lejos y la mejor cerveza que nunca había tomado, los sonidos de las palabras de los compañeros y de sus silencios, los sonidos de las pisadas del que va delante que me guiaron cuando no veía, los sonidos de la noche, de los pájaros, las ranas, el agua, y como no, de los goles de la selección española de fútbol que cantaban algunos enchufados a la radio, sensaciones del abrazo, saludo y apretón de manos de esos amigos.

Sensaciones de haber conocido a gente maravillosa por el camino y a los que nunca olvidaré, gente que me recuerda que todos tenemos una vida cargada de sentimientos dispuesta a compartirlos con naturalidad, humildad y una facilidad de relación que en nuestra vida cotidiana olvidamos, incluso con nuestras personas más queridas.

Santiago León

1 comentario:

Anónimo dijo...

Santiago, soy Manuel, solo he de decir, que me encantaría vivir tal experiencia. Tu relato es impresionante, me ha llegado tio. un saludo.